A finales de los ochenta, la centenaria cabecera de la calle Serrano, publicaba los sábados unas deliciosas páginas de ocio, cultura alternativa, cómic, y sobre todo un humor finísimo y surrealista, que emparentaba con la mejor escuela de La Codorniz.
Por si eso fuera poco, no faltaba la tira cómica, fabulosa, inigualable de Buitre Buitaker, obra maestra de ese genio llamado Ricardo Gallardo. Esas cuatro viñetas sabatinas, donde se mostraban las peripecias del inefable Buitaker, un fascista casi más carota que añejo, y de su sobrino y pupilo Blasito, asistente sin sueldo, (hasta que se subleva y su mentor tiene que acceder a "pagarle sus miserables denarios") que tenían su hogar en la barcelonesa estatua de Colón, son de lo mejor que se haya publicado nunca en ese género tan anglosajón, y tan poco hispano (no me pregunten por qué).
La colaboración de Santiago Auserón fue un regalo llamado Manifiesto del Rock & Roll, donde el músico aragonés mostraba unas dotes fuera de lo común para la escritura; no en balde las letras de sus canciones son de lo mejor, o lo mejor que se haya visto, leído u oído en la música popular del pasado siglo en nuestro país, en el mismo Olimpo que Joan Manuel Serrat o Joaquín Sabina.
Y es que en 1987, cuando se publica La canción de Juan Perro, asistimos al alumbramiento de un álbum portentoso, plagado de canciones y letras de una riqueza, vistosidad... brillantes y complejas, que me siguen admirando cada vez que las disfruto de nuevo.
ya se oía a un kilómetro del pueblo
y un extraño acento en el hablar
de los que halló por el camino.
Un coro de muchachas y una vieja
levantándose las faldas al bailar
y un jovencito de broma peligrosa
haciendo gala del orgullo local.
De los que dan dinero por la noche
para que nunca termine su canción
para que sude el músico ambulante
su condición de vagabundo.
Es ya la hora del aperitivo
y todavía no funciona el tiovivo
el músico buscó la acera en sombra
y la ventana donde olía a flor.
Tenga esta rosa blanca, señorita
a cambio de su negro pensamiento
por qué motivo temblaron sus labios
vio en sus ojos el fondo de un volcán.
Y mientras tanto corría la sangre
en la plaza, como un vino común
y las plumas de los gallos
por el aire volaban aun.
Quítese usted de en medio forastero
que ya no quedan señoritas en el bar
ya cantó como el gallo de pasión
pero ésta es mi canción
y el baile va a empezar.
El músico ambulante se agarró del vaso
y sintió que flotaba en la luz artificial
apuró el trago de madrugada
un borracho imitaba el canto del gallo.
Se deslizó por una callejuela
antes de que empezase a clarear
y al pasar por la ventana enrejada
suavecito empezó a silbar.
Pero nadie conocía la tonada
que era inventada para la ocasión
y se fue por el camino a contemplar
los desvelos de las últimas sombras.
Y caminando iba pensando que ganar
siempre es tentar a la otra cara de la suerte
y que por eso te hacen daño los huesos
cuando golpeas fuerte.
Y así se fue chasqueando los dientes
en memoria de algún actor
cuyo nombre se ha perdido
y que hacía de bandido
y sintió la alegría del olvido
y al andar descubrió la maravilla
del sonido de sus propios pasos
en la gravilla.





















