Hace unos días, se conocieron los nominados para el Balón de Oro, el prestigioso trofeo que conceden al alimón la revista France Football y la FIFA. Como no podía ser de otro modo, ahí estaban la gran divinidad del balompié, el astro argentino Leo Messi; ese crack portugués llamado Cristiano Ronaldo y completaba el trío de ases nada menos que Andrés Iniesta, el genio manchego de Fuentalvilla.
Debo confesarles que la presencia del blaugrana me parece una excelente noticia; y es que el menudo interior es consustancial a la edad de oro que vive nuestro fútbol. Alguna vez me he referido a que nunca podremos agradecer lo suficiente a don Luis Aragonés, cuando en el otoño de 2006 decidió dar un espectacular golpe de timón, licenciando a Raúl González, Cañizares y Michel Salgado, entregando el alma de la escuadra nacional a Xavi Hernández, Silva, Cesc Fábregas...y Andrés Iniesta. El resultado lo conocemos todos, en forma de días felices, días de vino y rosas, que algunos ya habíamos soñado, pero nunca vivido.
La pasada Eurocopa fue un clarísimo ejemplo del poderío de Iniesta. A priori, sin la competencia del rosarino Messi, Cristiano Ronaldo, CR7, era el gran favorito para consagrarse como mejor jugador del campeonato, y de paso mostrar de forma contundente su candidatura para empresas mayores, pero tras las dos primeras jornadas, hubo unas instantáneas que dieron la vuelta al mundo...y eran nada menos las precauciones que las defensas rivales, de Italia y Croacia manejaban para frenar al bueno de Iniesta...¡aquello era exactamente igual, en una traslación entre Woody Allen y Lewis Carroll, de los marcajes imposibles que sufría Oliver Atom en la serie de animación Campeones! A partir de ahí, entre penaltys convertidos por el español, los no lanzados por el luso, y como colofón una nueva presea de oro para los nuestro...el resultado es que Andrés Iniesta fue elegido el mejor del torneo.
Curiosamente, y apenas unos días después del triunfo europeo, se vivió en nuestro país un curioso fenómeno, y es que coincidiendo con el galardón conseguido por el blaugrana, se orquestó una campaña para que el Balón de Oro fuera concedido...a Iker Casillas. Aquello no tenía demasiado sentido, sobre todo porque se argumentaba que era un reconocimiento a la selección española por su pléyade de éxitos,
que tenían como leitmotiv el exquisito juego, su trato
de balón o la audacia táctica (que entroncaba con la más gloriosa tradición del Wunderteam austriaco, la Hungría de Puskas o la Holanda de Cruyff)...pues no parecía demasiado lógico que el candidato fuera el guardameta, por excepcional que fuera (como es el caso), y no alguno de los vates que poblaban ese medio campo de leyenda...en cualquier caso, controversia interesada y seguramente, demasiado obvia.
Lo normal es que en Enero, el galardón sea para Messi, e incluso puede que CR7 tenga más opciones que el campeón de Europa, pero llegados a este punto, me parece que nos da igual. Quiero decir que Iniesta ya forma parte de nuestros arquetipos, de nuestros paradigmas, de nuestros héroes...y es que como relatara de forma épica Alfredo Mártinez en aquella noche de julio, de gélido invierno austral sudafricano, Iniesta es ya inmortal. Y es que Iniesta marcó el gol de nuestras vidas, en esos minutos finales ante una Holanda indigna de su historia, y que se defendía con acero, con una violencia extrema y tabernaria...y pasarán años, lustros, décadas... y se seguirá hablando del gol de Iniesta, que hizo posible lo imposible, aquello que le fue negado de forma inmisericorde a Zamora, Lángara y Gorostiza, a Ramallets, Zarra y Gaínza...y claro, se seguirá y se seguirá hablando de ese gol para siempre, porque como le gustaba repetir de forma sabia a Samsagaz Gamyi, es una de esas historias que merece la pena contar...(llena de oscuridad y constantes peligros, en los que los protagonistas nunca se rinden).
Mostrando entradas con la etiqueta mundiales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mundiales. Mostrar todas las entradas
jueves, 6 de diciembre de 2012
domingo, 30 de octubre de 2011
Invictus!
A mediados de los años ochenta empezó a emitirse por TVE, los sábados por la tarde, un excelente programa deportivo llamado Estadio 2, presentado por Olga Viza, que básicamente alternaba reportajes con transmisiones polideportivas del fin de semana.
De ese modo, en el invierno de 1987, una de las secciones estrellas fue el Torneo V Naciones de rugby, un deporte del que lo desconocía todo, y dicho sea de paso, no me atraía en absoluto; pero me imagino que dada la hora de emisión, y que no me interesaría la película que a esa hora habría por el primer canal...pues empecé a seguir el torneo de ese año. Y la verdad es que quedé fascinado de ese juego, de sus reglas, como el hecho de que sólo esté permitido el pase hacia atrás (algo que sobrevive de forma tangencial en el fútbol con la norma del fuera de juego) y la nobleza y mística que transmitía ese juego...y de la liturgia que rezumaba desde que los equipos saltaban al campo. Era, es, emotivo, espectacular, la interpretación de los himnos, ver a fornidos galeses llorar lágrimas como puños mientras sonaban los acordes del Tierra de mis mayores, o altivos ingleses entonar su Dios salve a la Reina...
Ese año vi todos los partidos que emitieron, y quedé enamorado de la selección francesa, que ganó todos los encuentros del torneo, con una escuadra que practicaba lo que se llamaba el rugby champagne, con juego a la mano, mucho pase, plasticidad...muy alejado del juego al choque de los ingleses...sólo la magia galesa era capaz de hacerles frente, y es que ese equipo galo era una maravilla...Serge Blanco, Phillip Sella, Patrice Lagisquet, Didier Camberabero...era todo un ballet, una coreografía, de pases, con un balón oval que se movía con una precisión, con una belleza fuera de lo común...
Al finalizar los partidos, los dos equipos se abrazaban, se felicitaban, incluso el perdedor hacía pasillo al victorioso...nadie protestaba al arbitro...si alguno se desmandaba, el referee los llamaba a capítulo, y se daban la mano, con nobleza, con caballerosidad..la esencia del fair play, que tanto se añora en el balompié.
Terminó ese V Naciones, y comentaron en las transmisiones que en los meses de Mayo y Junio se disputaría en Australia y Nueva Zelanda el primer campeonato del mundo...¿Nueva Zelanda?, ¿Australia? había oído hablar de los All Blacks, pero yo los tomaba como unos Globertrotters o similar, algo de exhibición más que otra cosa... en unos meses, las potencias del sur,(Sudáfrica estaba sancionada por el apartheid) esperaban a los del norte...
Entonces me topé de bruces con la realidad. Una tarde, volviendo de clase, a la altura de la calle Obispo Hurtado, me detuve ante el escaparate de un establecimiento de electrodomésticos, y en uno de los televisores conectado al satélite, se veía un partido de rugby. Me fijé, y era Twickenham, la meca de los ingleses, del XV de la Rosa...estaban de gira los neozelandeses, los All Blacks, y cuando miré el marcador quedé absorto y estupefacto...los del sur, los de las antípodas, ganaban por 0-21 o algo así, aquello era una marea negra, un vendaval de velocidad, de fuerza y empuje. Ese equipo movía el balón con la elegancia francesa, eran más fuertes que los ingleses, y corrían como atletas del hectómetro.
Dadas las diferencias horarias, y que el Estadio 2 era semanal, la cobertura de aquel primer Mundial consistía en ofrecer cada sábado en diferido el encuentro más atractivo de la jornada, y un resumen de lo más importante que había ocurrido en esos días.
Ya desde el primer momento todas las apuestas hablaban, y no paraban, de un final oceánica, entre los dos anfitriones, quedando las opciones europeas relegadas a la medalla de bronce...
De ese modo, cada semana, cada sábado a las cuatro de la tarde disfrutaba de un sensacional partido, y de las mejores imágenes del resto...Australia y Nueva Zelanda, All Blacks y Wallabies se enseñoreaban, aplastaban a sus rivales, ya fueran Inglaterra, Escocia o Irlanda, y las semifinales ya estaban servidas, como trámite obligado para que los dos de las antípodas se disputaran el cetro, el domino planetario del balón oval.
Australia-Francia y Nueva Zelanda-Gales, así había quedado el cuadro, así habían quedado las semifinales, y un sábado 13 de Junio de 1987, Olga Viza abría Estadio 2, más o menos de esta manera:
Señores, abróchense los cinturones y prepárense a disfrutar. Hasta hace unas horas tenía el honor de ser considerado el mejor encuentro de rugby de la historia aquel mítico choque de 1973 entre los Barbarians (selección de los mejores jugadores que disputan las ligas británicas, independientemente de su nacionalidad) y los All Blacks. Posiblemente, lo que van a ver a continuación, supere la leyenda de ese día. Olga Viza no había exagerado. Los franceses, los del gallo, que habían sufrido una salida en tromba de los wallabies, con un 9-0 en los primeros minutos, y ya sólo un 15-12 al descanso, descorcharon la mejor muestra de su rugby champagne, moviendo el balón, circulando el oval, superando en juego la fuerza y empuje de los australianos, que pese a todo, y merced al acierto de ese pateador prodigioso que era Michael Lynagh, ganaban 24-23, a falta de sólo cuatro minutos, y además con la ventaja de una touch, ya en la linea de veintidós gala...lo que ocurrió a partir de ese saque fue la espuma más brillante, los minutos más gloriosos de aquella generación de ensueño...Sella, Camberabero, Lagisquet...se hicieron con el balón...movieron, pasaron, corrieron...y Serge Blanco hizo un ensayo que aun se recuerda...transformación posterior de Camberabero, y 24-30 postrero para los azules, que se colaban en la final, ante la desolación de los de oro y verde.
En la otra semifinal los All Blacks aplastaron a los heróicos galeses, por un 49-6 que lo decía ya todo...en una semana, la gran final Nueva Zelanda-Francia.
Un sábado después, me acomodé ante el televisor, de nuevo a las cuatro de la tarde, pensando que aquellos exquisitos bleu, podrían darles un susto a los anfitriones...pero esta vez no hubo margen a la sorpresa, y desde la haka, desde la danza guerrera con que los de negro inician su ritual, desplegaron su juego vertical, veloz, relampagueante, a la mano también, superando por 29-9 a unos europeos, que todo hay que decirlo, estaban agotados tras el esfuerzo supremo del día de Australia.

Y desde entonces, desde ese feliz veinte de Junio de 1987, cada cuatro años he seguido, he disfrutado los mundiales de ese deporte (acaba de celebrase su séptima edición), y pensando, a la usanza de Woody Allen en aquella impagable escena de Mahanttan, en las que recita las cosas por las que merece la pena vivir, que en mi caso, ver ese torneo de rugby cada cuatro años, no deja de ser una fabulosa y festiva razón para seguir viviendo...
sábado, 2 de julio de 2011
España en Río (VII y final)
La expedición española semejaba un funeral, tras la media docena de goles encajados ante los anfitriones brasileños. Quedaba el último encuentro, el último partido ante Suecia, los campeones olímpicos, que también habían sufrido... nada menos que una derrota estrepitosa ante los cariocas, y una enorme desilusión ante Uruguay, perdiendo en los minutos finales un partido que tenían más que ganado. Pero los suecos estaban como tal cosa, lo cual exasperaba a los nuestros, que además coincidían en el mismo hotel de Corcovado.
-Hay que subir la moral, señor Díaz, parece que se haya acabado el mundo, ¡los chavales están hundidos!-argumenta con vehemencia Guillermo Eizaguirre-
-Nos han bajado del cielo, don Ignacio. Nos veíamos ya campeones o casi...este maldito sistema de competición...de Maracaná a Sao Paulo, de San Pablo a Maracaná-recita como en una letanía Benito Díaz.
-Cansancio, lesiones, viajes...más partidos que nadie...y ahora los suecos, que se pasan las horas jugando al billar, tranquilamente, como si esto no fuera con ellos...
-También llevaran lo suyo, amigo mío, pero son del Polo Norte, y lo disimulan..
-Usted no pierde el humor, don Benito...¿cuantos cambios vamos a hacer para el domingo?
Ese domingo, 16 de Julio, se decidía el IV Campeonato del Mundo, la victoria alada, el Trofeo Jules Rimet. En Maracaná, Brasil contra Uruguay. Un empate les daba la gloria a los de blanco y azul, un título que se les escapó en 1934 y 1938, en tierras europeas, ante las potencias latinas, España e Italia, que los habían noqueado en octavos y semifinales, con Ricardo Zamora y Giuseppe Meazza de verdugos.
Pero en 1950, en Río nadie pensaba en eso.
Ese mismo día, esa misma hora en San Pablo, en el Estadio de Pacaembu, España y Suecia pugnarían por la tercera plaza, por la medalla de bronce.
Un empate le era suficiente a España, e incluso si los compañeros de Ademir hacían sangre y lograban una goleada ante los charrúas, los nuestros podían obtener el subcampeonato.
Guillermo Eizaguirre y Benito Díaz se ven obligados a realizar cambios en ese edificio perfecto, en esa maquinaria, que a pleno rendimiento era un equipo de cuidado, el mejor de Europa, de los mejores del Mundo.
Ni Ramallets, ni los bravísimos Gonzalvo, ni Igoa, ni el gran capitán Agustín Gaínza, estaban en condiciones de afrontar el último encuentro, el adiós de esos días, la lucha por acabar con una victoria.
Con mucho cemento y poca torcida, en el Pacaembu de Sao Paulo, España presenta un once de circunstancias:
Ignacio; Asensi, Parra, Alonso; Silva, Puchades; Basora, Hernández, Zarra, Panizo Y Juncosa.
Los nórdicos no tienen problemas para oponer su escuadra tipo, la misma que estuvo a punto de batir a Uruguay y entregar el campeonato a Brasil:
Svenson; Samuelson, Johansson, Nilsson; Andersson, Gärd; Jonsson, Melberg, Rydell, Palmer y Sundkvist.
Nilsson y Telmo Zarra ejercen de capitanes; el holandés Van der Meer, es el referee que repartirá justicia.
Los hados ya se muestran adversos, esquivos y hostiles desde los inicios. Panizo sufre un choque en el minuto cuatro...y su peroné queda destrozado; el fino interior zurdo del Athletic continúa, escorado ya en la banda, buscando lo que entonces se llamaba el gol del cojo (hasta 1968, en las competiciones oficiales no se permitían sustituciones), y poco después, Telmo Zarra nota un inmenso dolor en el costado...el de Asúa continúa como buenamente puede...pero en realidad estará todo el partido con dos costillas rotas...de esa guisa disputarán los de rojo ese último partido. Aún así circulan el balón, se disfrazan de austriacos...Hernández y Juncosa intentan emular a Panizo o Igoa...pero Suecia, que ha olfateado la inferioridad hispana, se cierra atrás, espera, aguarda...y lanza contragolpes mortales por medio de Sundkvist, Melberg...Ignacio Eizaguirre tampoco tiene su mejor día, y al descanso los vikingos ya ganan 2-0.
En la segunda parte España encierra a su rival, casi con nueve intenta acortar distancias, pero el meta Svensson se luce, sus defensas sacan dos balones que ya entraban...en plena presión de los ibéricos, nuevo contragolpe nórdico, y Palmer logra de bella factura el 3-0...Benito Díaz y Guillermo Eizaguirre se desesperan...nada sale bien..."Nos ha mirado un tuerto", comentan ya con más humor que resignación...
A ocho minutos del final, en una jugada de manual, Basora desborda, centra...y Zarra, el león más bravo de la Catedral, salta, olvida sus costillas rotas, y remata de cabeza, la mejor cabeza de Europa, un gol bellísimo, el 3-1 y unos minutos para una hazaña...que no es posible, los de amarillo aguantan el chaparrón, casi once contra nueve, y el tercer puesto es para ellos.
Pero en Sao Paulo nadie piensa en eso. En el estadio no se oye nada. Sólo un silencio de muerte. Acaba de ocurrir el suceso más espectacular de la historia del fútbol. El único partido que tiene nombre propio.
En Maracaná, Uruguay derrota a Brasil 2-1. Los celestes, los orientales, los de Obdulio Valera, son los campeones. Esa noche, y la siguiente, y la otra, habrá duelo en Río, en San Pablo, en Bahía.Brasil ya nunca vestirá más de blanco. El meta Barbosa nunca podrá exorcizar ese estigma...
El locutor y cronista Ary Barroso abandona la profesión, ya no transmitirá más partidos de fútbol, y se refugiará en la música, en la bossa, componiendo melodías eternas...
Los españoles se retiran a los vestuarios, lamentando el infortunio de los últimos encuentros, "se pudo ganar a Uruguay y somos mejores que los suecos", afirman los nuestros.
-Imposible hacer más, amigo Benito, con Panizo dando cojetadas, y Telmo lastimado...imposible, señores... -concluye el sevillano, repartiendo sentido común a todo el grupo-
........................
En los días siguientes, de forma escalonada, la expedición española retorna a casa, en uno de los grupos, Benito Díaz y Guillermo Eizaguirre, se disponen a subir las escalinatas del Constelletion.
-A partir de ahora ya todo irá muy rápido, así que permítame que le de un abrazo señor Díaz -
-Para mí ha sido un placer trabajar con usted don Guillermo.
-Y para mí un honor, don Benito.
Los dos entrenadores se abrazan amistosamente, y sin añadir palabra más, suben al cuatrimotor, un nutrido grupo, casi la tercera parte de la expedición, a hacer el camino de vuelta, casi día y medio...y todos tienen en mente lo mismo, recuerdan las increíbles jornadas que han jalonado esas semanas...la eliminatoria ante Portugal, la concentración de El Escorial, los amistosos ante el Hungaria de Fernando Daucik y Ladislao Kubala...la llegada a Río, la primera e inolvidable visión del Pan de Azúcar...la locura del Copacabana; la angustia y cura de humildad ante Estados Unidos, la excelencia contra Chile...la gloria frente Inglaterra, la lucha sin cuartel y épica ante Uruguay...la debacle de Brasil; la despedida, el once contra nueve frente Suecia...
Pero posiblemente ninguno de esos expedicionarios podía imaginar en ese vuelo de vuelta, el inmenso bien, la enorme felicidad que durante esas días habían regalado a un país, a una sociedad, como la española de 1950, tan necesitada de tantas cosas.
Y esa sociedad, y ese país, desde hace sesenta y dos años, tendrá, tiene una eterna deuda de gratitud para ese equipo, para esa escuadra...para Zarra, Basora, Puchades y Gaínza; Ramallets, Alonso y los Gonzalvo; Panizo, Molowny e Igoa...y para los dos hombres buenos que los mandaban: Guillermo Eizaguirre Olmos y Benito Díaz Iraola.
-Hay que subir la moral, señor Díaz, parece que se haya acabado el mundo, ¡los chavales están hundidos!-argumenta con vehemencia Guillermo Eizaguirre-
-Nos han bajado del cielo, don Ignacio. Nos veíamos ya campeones o casi...este maldito sistema de competición...de Maracaná a Sao Paulo, de San Pablo a Maracaná-recita como en una letanía Benito Díaz.
-Cansancio, lesiones, viajes...más partidos que nadie...y ahora los suecos, que se pasan las horas jugando al billar, tranquilamente, como si esto no fuera con ellos...
-También llevaran lo suyo, amigo mío, pero son del Polo Norte, y lo disimulan..
-Usted no pierde el humor, don Benito...¿cuantos cambios vamos a hacer para el domingo?
Ese domingo, 16 de Julio, se decidía el IV Campeonato del Mundo, la victoria alada, el Trofeo Jules Rimet. En Maracaná, Brasil contra Uruguay. Un empate les daba la gloria a los de blanco y azul, un título que se les escapó en 1934 y 1938, en tierras europeas, ante las potencias latinas, España e Italia, que los habían noqueado en octavos y semifinales, con Ricardo Zamora y Giuseppe Meazza de verdugos.Pero en 1950, en Río nadie pensaba en eso.
Ese mismo día, esa misma hora en San Pablo, en el Estadio de Pacaembu, España y Suecia pugnarían por la tercera plaza, por la medalla de bronce.
Un empate le era suficiente a España, e incluso si los compañeros de Ademir hacían sangre y lograban una goleada ante los charrúas, los nuestros podían obtener el subcampeonato.
Guillermo Eizaguirre y Benito Díaz se ven obligados a realizar cambios en ese edificio perfecto, en esa maquinaria, que a pleno rendimiento era un equipo de cuidado, el mejor de Europa, de los mejores del Mundo.
Ni Ramallets, ni los bravísimos Gonzalvo, ni Igoa, ni el gran capitán Agustín Gaínza, estaban en condiciones de afrontar el último encuentro, el adiós de esos días, la lucha por acabar con una victoria.
Con mucho cemento y poca torcida, en el Pacaembu de Sao Paulo, España presenta un once de circunstancias:
Ignacio; Asensi, Parra, Alonso; Silva, Puchades; Basora, Hernández, Zarra, Panizo Y Juncosa.
Los nórdicos no tienen problemas para oponer su escuadra tipo, la misma que estuvo a punto de batir a Uruguay y entregar el campeonato a Brasil:
Svenson; Samuelson, Johansson, Nilsson; Andersson, Gärd; Jonsson, Melberg, Rydell, Palmer y Sundkvist.
Nilsson y Telmo Zarra ejercen de capitanes; el holandés Van der Meer, es el referee que repartirá justicia.
Los hados ya se muestran adversos, esquivos y hostiles desde los inicios. Panizo sufre un choque en el minuto cuatro...y su peroné queda destrozado; el fino interior zurdo del Athletic continúa, escorado ya en la banda, buscando lo que entonces se llamaba el gol del cojo (hasta 1968, en las competiciones oficiales no se permitían sustituciones), y poco después, Telmo Zarra nota un inmenso dolor en el costado...el de Asúa continúa como buenamente puede...pero en realidad estará todo el partido con dos costillas rotas...de esa guisa disputarán los de rojo ese último partido. Aún así circulan el balón, se disfrazan de austriacos...Hernández y Juncosa intentan emular a Panizo o Igoa...pero Suecia, que ha olfateado la inferioridad hispana, se cierra atrás, espera, aguarda...y lanza contragolpes mortales por medio de Sundkvist, Melberg...Ignacio Eizaguirre tampoco tiene su mejor día, y al descanso los vikingos ya ganan 2-0.
En la segunda parte España encierra a su rival, casi con nueve intenta acortar distancias, pero el meta Svensson se luce, sus defensas sacan dos balones que ya entraban...en plena presión de los ibéricos, nuevo contragolpe nórdico, y Palmer logra de bella factura el 3-0...Benito Díaz y Guillermo Eizaguirre se desesperan...nada sale bien..."Nos ha mirado un tuerto", comentan ya con más humor que resignación...
A ocho minutos del final, en una jugada de manual, Basora desborda, centra...y Zarra, el león más bravo de la Catedral, salta, olvida sus costillas rotas, y remata de cabeza, la mejor cabeza de Europa, un gol bellísimo, el 3-1 y unos minutos para una hazaña...que no es posible, los de amarillo aguantan el chaparrón, casi once contra nueve, y el tercer puesto es para ellos.
Pero en Sao Paulo nadie piensa en eso. En el estadio no se oye nada. Sólo un silencio de muerte. Acaba de ocurrir el suceso más espectacular de la historia del fútbol. El único partido que tiene nombre propio.
En Maracaná, Uruguay derrota a Brasil 2-1. Los celestes, los orientales, los de Obdulio Valera, son los campeones. Esa noche, y la siguiente, y la otra, habrá duelo en Río, en San Pablo, en Bahía.Brasil ya nunca vestirá más de blanco. El meta Barbosa nunca podrá exorcizar ese estigma...
El locutor y cronista Ary Barroso abandona la profesión, ya no transmitirá más partidos de fútbol, y se refugiará en la música, en la bossa, componiendo melodías eternas...
Los españoles se retiran a los vestuarios, lamentando el infortunio de los últimos encuentros, "se pudo ganar a Uruguay y somos mejores que los suecos", afirman los nuestros.
-Imposible hacer más, amigo Benito, con Panizo dando cojetadas, y Telmo lastimado...imposible, señores... -concluye el sevillano, repartiendo sentido común a todo el grupo-
........................
En los días siguientes, de forma escalonada, la expedición española retorna a casa, en uno de los grupos, Benito Díaz y Guillermo Eizaguirre, se disponen a subir las escalinatas del Constelletion.
-A partir de ahora ya todo irá muy rápido, así que permítame que le de un abrazo señor Díaz -
-Para mí ha sido un placer trabajar con usted don Guillermo.
-Y para mí un honor, don Benito.
Los dos entrenadores se abrazan amistosamente, y sin añadir palabra más, suben al cuatrimotor, un nutrido grupo, casi la tercera parte de la expedición, a hacer el camino de vuelta, casi día y medio...y todos tienen en mente lo mismo, recuerdan las increíbles jornadas que han jalonado esas semanas...la eliminatoria ante Portugal, la concentración de El Escorial, los amistosos ante el Hungaria de Fernando Daucik y Ladislao Kubala...la llegada a Río, la primera e inolvidable visión del Pan de Azúcar...la locura del Copacabana; la angustia y cura de humildad ante Estados Unidos, la excelencia contra Chile...la gloria frente Inglaterra, la lucha sin cuartel y épica ante Uruguay...la debacle de Brasil; la despedida, el once contra nueve frente Suecia...
Pero posiblemente ninguno de esos expedicionarios podía imaginar en ese vuelo de vuelta, el inmenso bien, la enorme felicidad que durante esas días habían regalado a un país, a una sociedad, como la española de 1950, tan necesitada de tantas cosas.
Y esa sociedad, y ese país, desde hace sesenta y dos años, tendrá, tiene una eterna deuda de gratitud para ese equipo, para esa escuadra...para Zarra, Basora, Puchades y Gaínza; Ramallets, Alonso y los Gonzalvo; Panizo, Molowny e Igoa...y para los dos hombres buenos que los mandaban: Guillermo Eizaguirre Olmos y Benito Díaz Iraola.
sábado, 11 de junio de 2011
España en Río (VI)
Brasil era una fiesta, o medio fraseando a Preston Sturges se vivían Carnavales en Julio. La exhibición de los cariocas antes los fornidos suecos, campeones olímpicos en 1948, a los que habían endosado sietes goles como sietes soles, con póker de Ademir, dos de Chico y uno de Maneça, habían desatado la euforia en toda la Confederación, que veía a España como el último escollo, el último gran handicap para lograr la ansiada Copa Jules Rimet, que se les había escapado de forma dolorosa en 1934 y 1938.La prensa destacaba por encima de todo al delantero centro de nuestra selección, al gran Telmo Zarra.
¡Duelo de goleadores! se anunciaba en portadas y en páginas deportivas, haciendo referencia a los dos arietes, al de Asúa y al fabuloso Ademir, el artillero del Vasco da Gama, que contabilizaba siete dianas en el torneo, siendo el gran ídolo de la torcida brasilera.
La parte cómica venía de un divertido y surrealista artículo en el que analizaban una peculiaridad poco conocida de nuestro Telmo:¡Cuidado con Zarra, se lleva el balón escondido en las mangas! titulaban, ilustrando la columna una curiosa instantánea, en la que el vizcaíno acosaba a un portero rival...Ajenos a esas apasionantes previas, a esa fiesta, a ese carnaval, Guillermo Eizaguirre y Benito Díaz planificaban la estrategia ante los anfitriones.
-Panizo ya está recuperado, y aunque Molowny ha cumplido, está claro quien es el titular -afirma convencido el sevillano-
-Panizo es mucho Panizo, y estando recuperado...-asiente el donostiarra- lo que me preocupa es el cansancio que llevamos encima...y el comienzo del partido; debemos aguantar los primeros veinte minutos, salir vivos de ahí...si logramos incluso llegar al descanso sin perder...les damos un susto monumental, y todo ese ambiente se les vuelve en contra...
-No podemos jugar lentos, si caemos en su ritmo...estamos perdidos, señor Díaz.
-El problema es que éstos juegan lentos y rapido; duermen el balón y lo despiertan...Ademir, Chico, Juvenal...menudos fenómenos...
-Vamos, vamos, señor Díaz, que sólo han destacado contra los suecos; y eso hasta pudo ser un accidente. Contra Yugoslavia y Suiza lo pasaron muy mal.
-Nos aguarda una dura prueba don Guillermo. La más difícil que hayamos pasado nunca. -concluye el tío Benito-.
Aquel jueves, 13 de Julio de 1950, ya a la una de la tarde, dos horas antes de que empezara el choque, doscientas mil almas llenaban el fastuoso Maracaná, con una torcida entusiasta, globos, cohetes, cometas...centenares de seguidores se quedaron a las puertas del Estadio; habían acudido sin entrada, y tuvo que intervenir la policía local...era imposible que cupiera nadie más.En el palco el Embajador de España en el Brasil, el Conde de Casas Rojas, que se instaló junto al venerable Jules Rimet.
Y en nuestro país, eran ya casi las diez de la noche, y millones se reunían para seguir por Radio Nacional lo que podía significar, nada menos, que la consecución del Campeonato del Mundo.
Cuando los nuestros saltan al prado, se quedan boquiabiertos, absortos de aquel espectáculo...ni Chamartín, ni Las Corts, ni tan siquiera La Catedral...aquello era lo nunca visto...ese colorido, ese entusiasmo, esa fiesta, ese carnaval en Julio...
Agustín Gainza se acerca a Zarra, y no puede evitar preguntarle:
- Jobar, Telmo, ¿habías visto algo semejante?...
España arma su once de gala. Panizo se ha recuperado, y Gaínza dice que puede jugar. Así la escuadra roja forma con Ramallets; Parra, Gonzalvo II, Alonso; Gonzalvo III, Puchades; Basora, Igoa, Zarra, Panizo y Gaínza.
Los sudamericanos, camiseta y calzón blanco, puños y cuello azul, oponen una alineación de campanillas:
Barbosa en la portería; Augusto, Juvenal y Bigode en defensa; Bauer y Danilo en medio campo; y sus cinco fabulosos delanteros: Friaça, Zizinho, Ademir, Jair y Chico.
El inglés Reginald Leafe, referee de categoría, es el encargado de arbitrar el encuentro.
La interpretación del himno anfitrión es ya una apoteosis, las dos últimas estrofas se confunden con el clamor, los cohetes, la fiesta...
Terra adorada
Entre outras mil
És tu, Brasil,
Ó Pátria amada!
Dos filhos deste solo
És mãe gentil,
Pátria amada,
Brasil!
Brasil sale en tromba, circulando el balón a una velocidad asombrosa, ante los nervios de la defensa hispana, que observa con temor como el medio campo es incapaz de retener ni diez segundos el esférico; en el banquillo ibérico piden calma, hay que aguantar ese inicio como sea... Esto es una gaseosa Sr. Díaz, tenemos que sufrir este rato, y todo será distinto, intenta autoconvencerse Guillermo Eizaguirre.
A los dieciséis minutos recoge un pase Ademir, que sólo tiene la portería en mente, y lanza un potente chut; Ramallets se lanza a la derecha adivinando de forma perfecta la dirección...pero el disparo tropieza en Parra...la trayectoria cambia por completo...y el 1-0 llega al marcador ante la euforia local...euforia que aumenta cuando cinco minutos después, el Gato Ramallets, el héroe de jornadas pretéritas, rechaza de forma desafortunada un lanzamiento de Jair...el esférico golpea en el larguero...y bota dentro de la portería...y sólo cinco minutos más tarde Chico hace de forma plástica el 3-0...
En menos de media hora España ya estaba rota y vencida, ante la avalancha carioca y el sufrimiento de Benito Díaz que salta casi al terreno de juego tras la maravillosa jugada de Chico...
-¡¡¡Señor Puchades!!!, ¿¡qué coño está pasando!?-
Estaba pasando que España flotaba en el campo, que sólo Igoa se salvaba de la quema...que ni Panizo ni Gaínza hilvanaban una jugada...que Zarra era frenado por Juvenal...que la defensa era un manojo de nervios...que Ramallets parecía un juvenil...
La arenga de Tío Benito parece espabilar a los nuestros, que hasta llegar al descanso se parecen a la poderosa escuadra de hace dos semanas.
Ya en el vestuario se intenta subir algo la moral...
-Hay que hacer un gol, meterles el susto en el cuerpo...aún queda la segunda parte, -intenta animar Benito...pero las caras de los nuestros no parecían las más apropiadas para una remontada.
La segunda parte se inicia como acabó la primera, con una España más seria, más ordenada, incluso llegando al área rival...Zarra porfía, Panizo distribuye, Basora chuta...en el banquillo se piensa en ese gol que cambie el partido.
Lo que llega en realidad son cinco minutos de pesadilla, del 55 al 60...Chico, Jair y Zizinho logran de nuevo tres goles de bella factura, que llevan al éxtasis a la torcida...nunca un estadio vivió tal gozo, tal deleite, tal entusiasmo de su grada...
Poco después, en el 70, Igoa, que estaba jugando de fábula, logra el llamado gol del honor...los nuestros casi ni lo celebran...Basora, Zarra, Panizo...no se explican lo sucedido...Brasil podía ser mejor, era mejor que nuestra escuadra...pero media docena de goles...eso no, pensaban los verdugos de Inglaterra...
El partido termina con el 6-1, y una multitud entusiasmada se echa a las calles, a bailar, a disfrutar de un Mundial ya casi en la mano. Sólo casi, ya que en el otro partido de la jornada, Suecia ganaba durante toda la segunda parte 2-1 a Uruguay, y ese tanteo ya daba el título a los cariocas...pero al final, casi al final...los celestes remontan y se imponen 3-2 a los nórdicos. No importan, piensan en Río, tras conocer las noticias de Sao Paulo; un empate ante los orientales será más que suficiente...y ese Brasil se veía invencible...habían destrozado a los aguerridos hispanos, a los mismos que habían vencido a Inglaterra, a Chile, frenado a Uruguay...El vestuario español era un funeral...ni radios, ni embajadores, ni telegramas desde El Pardo...Benito Díaz y Guillermo Eizaguierre intentan consolar a los suyos...
-¡Vamos, chavales, aquí no ha pasado absolutamente nada! -gritan, casi al unísono, mientras el equipo, cabizbajo, hundido, sin mediar palabra, rumiaba aquella derrota.
-¡Dios mío, señor Díaz, nunca había visto nada semejante!, que desastre, que paliza...-se sincera Eizaguirre-
-Vinieron los sarracenos, y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos, cuando son más que los buenos, recita con humor el donostiarra.
-Pues menudos eran estos sarracenos, y bien que nos han molido- concluye, esbozando una triste sonrisa, el gran Guillermo Eizaguirre...
sábado, 21 de mayo de 2011
España en Río (V)
Aquel campeonato mundial tenía un extraño sistema competitivo. Había cuatro grupos, y el campeón de cada uno pasaba a la ronda final. Pero en vez de jugarse unas semifinales como Dios manda, los vencedores disputaban una liguilla de todos contra todos, proclamándose vencedor el que obtuviera más puntos. Ese extravagante sistema no ha vuelto a repetirse en ningún Mundial, y los mal pensados sospechaban (no sin razón) que era todo una alambicado sistema que habían pergeñado los anfitriones brasileiros, para evitar a toda costa enfrentarse a sus vecinos uruguayos en una hipotética final. El objetivo era muy claro. Brasil veía a Uruguay como su gran rival, un equipo duro y técnico, y confiaban que se dejara algún punto en el camino, en sus enfrentamientos con las potencias europeas. De ese modo, en el último y decisivo choque Brasil-Uruguay, quizás un empate sería suficiente para que los de casa se proclamaran los reyes del mundo.
Pero eso todavía quedaba lejos (o parecía). Lo inmediato era la primera jornada de esa liguilla, de ese lucha entre los campeones.
Brasil:Campeones del grupo 1, tras superar no sin apuros, a Yugoslavia y Suiza. Un equipo formidable, con estrellas en todas sus líneas. El país estaba volcado de forma unánime con su selección, pero el otro filo de la espada, era que se le exigía el título, sin alternativa alguna.
España: Victoriosos del grupo 2, su sensacional triunfo frente Inglaterra y la exhibición ante Chile había hecho subir como la espuma la cotización de los nuestros. Ya alguna prensa carioca advertía que quizás los ibéricos, y no los orientales americanos eran la gran amenaza.
Suecia: Triunfadores del grupo 3, los campeones olímpicos en 1948 habían derrotado en un choque igualadísimo a los italianos, que acudieron a Brasil aún conmocionados tras la catástrofe de Superga, aquel accidente aéreo que truncó la gloria del excelso Torino. Los nórdicos eran un equipo muy físico, pero al mismo tiempo no exentos de clase y buena táctica. Podían ser los tapados del campeonato.
Uruguay: Favorecidos por algunas renuncias, sólo tuvieron que medirse en la fase inicial a Bolivia, a quienes barrieron con ocho goles, que bien pudieron ser una docena. Posiblemente el mejor equipo de todos los que arribaron a Brasil, manejaban casi la misma clase brasileira, la misma fuerza de los suecos, y eran más competitivos que nadie. Además tenían un jugador fabuloso, un medio centro descomunal: Obdulio Varela.
Benito Díaz y Guillermo Eizaguirre, tras la euforia de la hazaña ante Inglaterra, no tienen más opción que centrarse en el temible rival del próximo domingo, 9 de Julio. Nada menos que la República Oriental del Uruguay, la Celeste, aquellos que los anfitriones no quieren ver ni en pintura...
-Durísimos los uruguayos señor Díaz, ese es un partido para hombres...
-De pelo en pecho, don Guillermo. Son muy técnicos, listos, y no se rinden nunca. Además están frescos como el corcho, tras el paseo de la primera fase, y nosotros llevamos ya tres palizas en el cuerpo.
-Tienen dos delanteros peligrosísimos: Schiaffino y Ghiggia, y su defensa es de cuidado, se pegan como lapas y reparten estopa sin contemplaciones, continúa un preocupado Eizaguirre.
-Todo eso es cierto, mi querido amigo, asiente el tío Benito, pero a mí quien me quita el sueño es el negro.
-¿El negro?, pregunta el ex-guardameta del Sevilla.
-El negro, el jefe, o como pichorras le llamen en su tierra. Ese tipo, Obdulio Varela, es una mala bestia. Es el alma, el capitán de su equipo. Tiene la fuerza de Puchades y Wrigth, y el chut de Basora o Panizo. Debemos estar muy pendientes de él. No podemos darle ni un metro, o nos hace un destrozo. Gonzalvo y Puchades, al choque y sin cuartel. Si logramos eso, el partido es nuestro. Y si ganamos este partido...
-Como mínimo ya seríamos subcampeones, señor Díaz.
El domingo nueve de Julio de 1950, en el Estadio Pacaembu de Sao Paulo, España y Uruguay miden sus fuerzas para ver quien de los dos (con permiso de los suecos) se va a jugar la gloria ante los brasileños. Tras mucho meditar, el dúo vasco-sevillano de entrenadores se decantan por Luis Molowny para cubrir la baja del lesionado Panizo. A las ordenes del prestigioso referee galés Benjamin Griffiths, se alinean ambas escuadras:
Uruguay: Máspoli en la portería; defensa formada por Juan Carlos González, Matías González y Andrade; volantes, Obdulio Valera y Tejera; y la vanguardia charrúa la integraban cinco fenómenos: Ghiggia, Julio Pérez, Míguez, Schiaffino y Ernesto Vidal.
España mantenía el mismo once de partidos precedentes, sólo modificado por la lesión de Panizo:Ramallets, el Gato de Maracaná, defendiendo el arco; defensa con Alonso, Parra, Gonzalvo II; medios, Gonzalvo III y Puchades; y el buque insignia, la delantera que había despertado la admiración unánime en esas semanas: Estanislao Basora, Igoa, Telmo Zarra, Luis Molowny y el capitán, el gamo de Dublin Agustín Gainza.
Aquel estadio de Sao Paulo tenía ciertos aires del Metropolitano atlético, pero el césped, el prado no parecía el mejor para un encuentro de esa categoría, en lo que algunos sospechaban era una treta más de los organizadores...
Al rodar el balón los nuestros, percibieron enseguida la enorme dureza que iba a revestir el choque. Los uruguayos movían el balón con oficio, pero al mismo tiempo buscaban las bandas con una rapidez sorprendente, que hacía que nuestra defensa tuviera que abortar con enorme cuidado esos mandobles, pero lo peor es que la zaga hispana no tenía su día precisamente...la buena noticia es que el recambio de Panizo, Luisito Molowny, el Mangas, estaba dando un recital de toque, pase, pisar el balón, mimarlo...sacando toda la esencia de su escuela canaria, que enloquecía todos los domingos al Coliseo de Chamartín...
Por dos veces el gol rondó la meta de nuestro Gato, y finalmente, una preciosa internada por la banda, una más de los charrúas, hizo que Gigghia chutará al palo que defendía Ramallets, y aquella estocada si venció las redes. 1-0 y 27 minutos de la primera parte.
Pero España no se amilana, y empieza a desplegar su mejor juego con el marcador en contra. Los uruguayos no tiene más remedio que replegarse, pero se ven tan acosados que no pueden ni lanzar contras por la banda. Molowny mueve al equipo, y aunque Zarra no puede librarse de una sombra inmisericorde que lo persigue, llamada Matías González, abre huecos, porfía una y otra vez... un genial centro de Igoa, a media altura, la defensa charrúa sólo tiene ojos para Telmo Zarra...y Basora se lanza en plancha, de cabeza, y en el minuto 39 empate a uno.
Los celestes acusan el golpe; durante dos escasos minutos ni ven el balón, ante la avalancha de los héroes que batieron a los pross, y una sensacional jugada de Molowny, y de nuevo Estanislao Basora, que se mueve como una anguila, que ya ha visto que las consignas orientales son detener a Telmo como sea...y el extremo del Barcelona se aprovecha de nuevo, y a placer hace el 2-1, apenas 90 segundos después del empate.
Con ese marcador se llega al descanso, y tío Benito no cesa de animar a los de rojo.
-El partido ya está donde queríamos. Nada de volvernos locos; ya no pueden pillarnos a la contra. Todos juntitos, que sus extremos no puedan contragolpear. Eso lo vamos a hacer ahora nosotros. Usted, Molowny, siga durmiendo el partido todo lo que haga falta. -Cuando ya se dirigían al cesped, Díaz (en un gesto muy suyo) llama aparte a los dos medios centros, Puchades y Gonzalvo, y les recuerda-
-Sobre todo no dejen de vigilar a Varela. Ni un metro, ni un segundo. No lo dejen respirar.
Empieza llover en San Pablo, y la segunda parte avanza sin excesivos apuros; es más lo españoles empiezan a percibir cierto nerviosismo en los orientales, y es que las arengas de Benito Díaz se están cumpliendo a la perfección; el equipo hispano esta atento, replegado, pero moviendo el balón, y lanzado contras muy peligrosas, con Gaínza cada vez más suelto, y Basora asustando con sus desmarques. Los americanos se empleaban con más dureza si cabe, más al choque, mientras el reloj galopa, y ya apenas queda un cuarto de hora...
En una jugada colectiva de toda la delantera, con Gainza tocando, Molowny cambiando el sentido de juego, y Zarra atrayendo de nuevo dos defensores... Igoa se queda sólo ante Máspoli...un centro perfecto para hacer el 3-1 y cerrar el partido...pero el testarazo se va fuera, alto, de forma incomprensible, por escaso medio metro...antes un barullo enorme en el área ibérica y Ramallets cae medio conmocionado. El público, la torcida de Sao Paulo, estaba entusiasmada ante aquel espectáculo...
Tras el fallo de Igoa, el esférico llega a medio campo, lo retiene Tejera, Puchades intenta el corte, ya que ha visto de nuevo a Basora desmarcado, y ese robo de balón pude ser ya definitivo; Gonzalvo lo percibe y acude raudo en ayuda del valenciano...y es Obdulio Varela quien se queda sin marca. Tío Benito presiente la amenaza, y salta como un resorte del banquillo. Varela recibe el pase de Tejera, y en décimas de segundo ve pasillo, veinticinco metros hasta la portería del catalán. Ni se lo piensa. Lanza un disparo, un chut, un misil tierra-aire, que de forma precisa se ajusta, se dirige a la derecha de nuestro cancerbero. Ramallets, aún ligerisimamente afectado por el golpe anterior, se lanza, se estira de forma felina, con aquella elasticidad que maravilla en Las Corts, que asombró Maracana...sus dedos se quedan a escasos milímetros de poder desviar ese puyazo. 2-2 y sólo quedan catorce minutos para el final.
De repente España nota que no tiene fuerzas. Los nuestros se han quedado sin aire. El cerebro, el corazón ordena seguir, dar dos pasos adelante, buscar el 3-2, pero es imposible. Algunos ni pueden ya moverse. Los uruguayos en su salsa, piensan en la victoria. Pero incluso en ese trance las líneas se mueven con inteligencia, y Puchades, Parra y Gonzalvo mantienen el orden.
Termina esa batalla dura, noble y gloriosa. Nadie gana. Empate. Tablas. 2-2. Combate nulo.
Al llegar al vestuario, pareciera que a los nuestros les hubiera pasado un camión por encima. Mientras el marcador fue 2-1, la adrenalina, la energía, el karma de la victoria, fue el bálsamo que vivificó a los de rojo. Con el empate, ya sólo fue posible apretar los dientes, buscar una paz honorable, y conservar un punto.
-Los brasileños van a sudar tinta si quieren ganar a éstos, apunta Guillermo Eizaguirre a su inseparable Díaz.
-Antes nos toca a nosotros, y ahora mismo no estamos ni para jugar al mus -apunta un preocupado Benito.
En ese momento un empleado de la organización se acerca a Guillermo, y le entrega una nota, quien al leerla no puede evitar un gesto de sorpresa y mayor preocupación.
-¿Qué ocurre, que pone en ese papel? ¡Se le ha demudado el rostro, amigo mío! interpela el vasco al sevillano.
-Ocurre que Brasil le ha metido siete goles a Suecia, señor Díaz...
Pero eso todavía quedaba lejos (o parecía). Lo inmediato era la primera jornada de esa liguilla, de ese lucha entre los campeones.
Brasil:Campeones del grupo 1, tras superar no sin apuros, a Yugoslavia y Suiza. Un equipo formidable, con estrellas en todas sus líneas. El país estaba volcado de forma unánime con su selección, pero el otro filo de la espada, era que se le exigía el título, sin alternativa alguna.
España: Victoriosos del grupo 2, su sensacional triunfo frente Inglaterra y la exhibición ante Chile había hecho subir como la espuma la cotización de los nuestros. Ya alguna prensa carioca advertía que quizás los ibéricos, y no los orientales americanos eran la gran amenaza.Suecia: Triunfadores del grupo 3, los campeones olímpicos en 1948 habían derrotado en un choque igualadísimo a los italianos, que acudieron a Brasil aún conmocionados tras la catástrofe de Superga, aquel accidente aéreo que truncó la gloria del excelso Torino. Los nórdicos eran un equipo muy físico, pero al mismo tiempo no exentos de clase y buena táctica. Podían ser los tapados del campeonato.
Uruguay: Favorecidos por algunas renuncias, sólo tuvieron que medirse en la fase inicial a Bolivia, a quienes barrieron con ocho goles, que bien pudieron ser una docena. Posiblemente el mejor equipo de todos los que arribaron a Brasil, manejaban casi la misma clase brasileira, la misma fuerza de los suecos, y eran más competitivos que nadie. Además tenían un jugador fabuloso, un medio centro descomunal: Obdulio Varela.
Benito Díaz y Guillermo Eizaguirre, tras la euforia de la hazaña ante Inglaterra, no tienen más opción que centrarse en el temible rival del próximo domingo, 9 de Julio. Nada menos que la República Oriental del Uruguay, la Celeste, aquellos que los anfitriones no quieren ver ni en pintura...
-Durísimos los uruguayos señor Díaz, ese es un partido para hombres...
-De pelo en pecho, don Guillermo. Son muy técnicos, listos, y no se rinden nunca. Además están frescos como el corcho, tras el paseo de la primera fase, y nosotros llevamos ya tres palizas en el cuerpo.
-Tienen dos delanteros peligrosísimos: Schiaffino y Ghiggia, y su defensa es de cuidado, se pegan como lapas y reparten estopa sin contemplaciones, continúa un preocupado Eizaguirre.
-Todo eso es cierto, mi querido amigo, asiente el tío Benito, pero a mí quien me quita el sueño es el negro.
-¿El negro?, pregunta el ex-guardameta del Sevilla.
-El negro, el jefe, o como pichorras le llamen en su tierra. Ese tipo, Obdulio Varela, es una mala bestia. Es el alma, el capitán de su equipo. Tiene la fuerza de Puchades y Wrigth, y el chut de Basora o Panizo. Debemos estar muy pendientes de él. No podemos darle ni un metro, o nos hace un destrozo. Gonzalvo y Puchades, al choque y sin cuartel. Si logramos eso, el partido es nuestro. Y si ganamos este partido...
-Como mínimo ya seríamos subcampeones, señor Díaz.
El domingo nueve de Julio de 1950, en el Estadio Pacaembu de Sao Paulo, España y Uruguay miden sus fuerzas para ver quien de los dos (con permiso de los suecos) se va a jugar la gloria ante los brasileños. Tras mucho meditar, el dúo vasco-sevillano de entrenadores se decantan por Luis Molowny para cubrir la baja del lesionado Panizo. A las ordenes del prestigioso referee galés Benjamin Griffiths, se alinean ambas escuadras:
Uruguay: Máspoli en la portería; defensa formada por Juan Carlos González, Matías González y Andrade; volantes, Obdulio Valera y Tejera; y la vanguardia charrúa la integraban cinco fenómenos: Ghiggia, Julio Pérez, Míguez, Schiaffino y Ernesto Vidal.
España mantenía el mismo once de partidos precedentes, sólo modificado por la lesión de Panizo:Ramallets, el Gato de Maracaná, defendiendo el arco; defensa con Alonso, Parra, Gonzalvo II; medios, Gonzalvo III y Puchades; y el buque insignia, la delantera que había despertado la admiración unánime en esas semanas: Estanislao Basora, Igoa, Telmo Zarra, Luis Molowny y el capitán, el gamo de Dublin Agustín Gainza.
Aquel estadio de Sao Paulo tenía ciertos aires del Metropolitano atlético, pero el césped, el prado no parecía el mejor para un encuentro de esa categoría, en lo que algunos sospechaban era una treta más de los organizadores...
Al rodar el balón los nuestros, percibieron enseguida la enorme dureza que iba a revestir el choque. Los uruguayos movían el balón con oficio, pero al mismo tiempo buscaban las bandas con una rapidez sorprendente, que hacía que nuestra defensa tuviera que abortar con enorme cuidado esos mandobles, pero lo peor es que la zaga hispana no tenía su día precisamente...la buena noticia es que el recambio de Panizo, Luisito Molowny, el Mangas, estaba dando un recital de toque, pase, pisar el balón, mimarlo...sacando toda la esencia de su escuela canaria, que enloquecía todos los domingos al Coliseo de Chamartín...Por dos veces el gol rondó la meta de nuestro Gato, y finalmente, una preciosa internada por la banda, una más de los charrúas, hizo que Gigghia chutará al palo que defendía Ramallets, y aquella estocada si venció las redes. 1-0 y 27 minutos de la primera parte.
Pero España no se amilana, y empieza a desplegar su mejor juego con el marcador en contra. Los uruguayos no tiene más remedio que replegarse, pero se ven tan acosados que no pueden ni lanzar contras por la banda. Molowny mueve al equipo, y aunque Zarra no puede librarse de una sombra inmisericorde que lo persigue, llamada Matías González, abre huecos, porfía una y otra vez... un genial centro de Igoa, a media altura, la defensa charrúa sólo tiene ojos para Telmo Zarra...y Basora se lanza en plancha, de cabeza, y en el minuto 39 empate a uno.
Los celestes acusan el golpe; durante dos escasos minutos ni ven el balón, ante la avalancha de los héroes que batieron a los pross, y una sensacional jugada de Molowny, y de nuevo Estanislao Basora, que se mueve como una anguila, que ya ha visto que las consignas orientales son detener a Telmo como sea...y el extremo del Barcelona se aprovecha de nuevo, y a placer hace el 2-1, apenas 90 segundos después del empate.
Con ese marcador se llega al descanso, y tío Benito no cesa de animar a los de rojo.
-El partido ya está donde queríamos. Nada de volvernos locos; ya no pueden pillarnos a la contra. Todos juntitos, que sus extremos no puedan contragolpear. Eso lo vamos a hacer ahora nosotros. Usted, Molowny, siga durmiendo el partido todo lo que haga falta. -Cuando ya se dirigían al cesped, Díaz (en un gesto muy suyo) llama aparte a los dos medios centros, Puchades y Gonzalvo, y les recuerda-
-Sobre todo no dejen de vigilar a Varela. Ni un metro, ni un segundo. No lo dejen respirar.
Empieza llover en San Pablo, y la segunda parte avanza sin excesivos apuros; es más lo españoles empiezan a percibir cierto nerviosismo en los orientales, y es que las arengas de Benito Díaz se están cumpliendo a la perfección; el equipo hispano esta atento, replegado, pero moviendo el balón, y lanzado contras muy peligrosas, con Gaínza cada vez más suelto, y Basora asustando con sus desmarques. Los americanos se empleaban con más dureza si cabe, más al choque, mientras el reloj galopa, y ya apenas queda un cuarto de hora...
En una jugada colectiva de toda la delantera, con Gainza tocando, Molowny cambiando el sentido de juego, y Zarra atrayendo de nuevo dos defensores... Igoa se queda sólo ante Máspoli...un centro perfecto para hacer el 3-1 y cerrar el partido...pero el testarazo se va fuera, alto, de forma incomprensible, por escaso medio metro...antes un barullo enorme en el área ibérica y Ramallets cae medio conmocionado. El público, la torcida de Sao Paulo, estaba entusiasmada ante aquel espectáculo...
Tras el fallo de Igoa, el esférico llega a medio campo, lo retiene Tejera, Puchades intenta el corte, ya que ha visto de nuevo a Basora desmarcado, y ese robo de balón pude ser ya definitivo; Gonzalvo lo percibe y acude raudo en ayuda del valenciano...y es Obdulio Varela quien se queda sin marca. Tío Benito presiente la amenaza, y salta como un resorte del banquillo. Varela recibe el pase de Tejera, y en décimas de segundo ve pasillo, veinticinco metros hasta la portería del catalán. Ni se lo piensa. Lanza un disparo, un chut, un misil tierra-aire, que de forma precisa se ajusta, se dirige a la derecha de nuestro cancerbero. Ramallets, aún ligerisimamente afectado por el golpe anterior, se lanza, se estira de forma felina, con aquella elasticidad que maravilla en Las Corts, que asombró Maracana...sus dedos se quedan a escasos milímetros de poder desviar ese puyazo. 2-2 y sólo quedan catorce minutos para el final.De repente España nota que no tiene fuerzas. Los nuestros se han quedado sin aire. El cerebro, el corazón ordena seguir, dar dos pasos adelante, buscar el 3-2, pero es imposible. Algunos ni pueden ya moverse. Los uruguayos en su salsa, piensan en la victoria. Pero incluso en ese trance las líneas se mueven con inteligencia, y Puchades, Parra y Gonzalvo mantienen el orden.
Termina esa batalla dura, noble y gloriosa. Nadie gana. Empate. Tablas. 2-2. Combate nulo.
Al llegar al vestuario, pareciera que a los nuestros les hubiera pasado un camión por encima. Mientras el marcador fue 2-1, la adrenalina, la energía, el karma de la victoria, fue el bálsamo que vivificó a los de rojo. Con el empate, ya sólo fue posible apretar los dientes, buscar una paz honorable, y conservar un punto.
-Los brasileños van a sudar tinta si quieren ganar a éstos, apunta Guillermo Eizaguirre a su inseparable Díaz.
-Antes nos toca a nosotros, y ahora mismo no estamos ni para jugar al mus -apunta un preocupado Benito.
En ese momento un empleado de la organización se acerca a Guillermo, y le entrega una nota, quien al leerla no puede evitar un gesto de sorpresa y mayor preocupación.
-¿Qué ocurre, que pone en ese papel? ¡Se le ha demudado el rostro, amigo mío! interpela el vasco al sevillano.
-Ocurre que Brasil le ha metido siete goles a Suecia, señor Díaz...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)









































