La temporada 2006-07, amén de rica en zozobras y agonías, será recordada por los buenos aficionados del Athletic Club como en la que Ismael Urzáiz decidiera poner fin a su etapa de rojiblanco y cerrar su carrera profesional en el Ajax de Amsterdam.
Forjado en las divisiones inferiores del Real Madrid, y tras un curioso peregrinaje por diversos equipos, donde vivió episodios increíbles como su paso por el Salamanca, donde apenas contó para su técnico, el inefable Juanma Lillo, quién no le dio prácticamente minutos, para terminar resultando decisivo en la promoción,con un hat trick que todavía recuerdan en Albacete.De esa promoción, directo al Español de José Antonio Camacho, donde el navarro realizó el salto de calidad como futbolista, de tal manera que el verano de 1996 recaló en San Mamés.
Enseguida el publico de la Catedral quedó maravillado con el tudelano, que encajó a las mil maravillas en el fútbol clásico del Athletic, gracias a su portentoso remate de cabeza, ya fuera desde más allá del punto de penalty, marcando los tiempos de forma admirable, o bien en aquéllos en los que debido a su cercanía, entraban al unísono delantero y esférico...Porque ese gigantón era agua bendita para los leones; lo mismo resolvía un partido con su juego aéreo (a la usanza del Real de Carlos Santillana), que abría huecos vitales para sus compañeros de ataque, retenía el balón, fijaba a sus centrales...incluso se permitía alguna filigrana de vez en cuando.
No es que sus registros de goles fueran espectaculares,(sin ser nada desdeñables, ya que su regularidad le hacer superar los 100 tantos), pero su rendimiento en todas las facetas eran determinantes, lo mismo para jugar la Champions, rozar la final de Copa en dos ocasiones, o en los últimos y angustiosos años lograr sufridamente la permanencia en primera.
Con la selección sólo fue internacional en 25 ocasiones, y digo sólo, porque no deja de sorprender que Urzáiz no haya sido el 9 de España durante una década, algo cuando menos curioso en un combinado de nivel medio, como ha sido nuestra querida roja en estos tiempos...
Pero independientemente de otras disquisiciones, la presencia de Urzáiz, produjo un extraño sentimiento en la grada de San Mamés,un halo que se percibió de forma sutil primero e incontestable después; y es que esa suerte en el juego aéreo, esa gallardía en el ataque, ese choque con el defensa...aquéllo era un déjà vu, un arraigo grabado a fuego en el código genético, una presencia larvada en el subconsciente colectivo del Bocho, que remitía a la pálida presencia, a la sombra de un avatar vivido hace más de sesenta años y que parecía perdido para siempre.La certeza de estar percibiendo atisbos, ecos lejanos, imágenes difusas de quién fue el más grande ariete que haya tenido nunca el Athletic y el fútbol español:Telmo Zarra.
http://es.youtube.com/watch?v=q105UvTfMj0
http://es.youtube.com/watch?v=k0zj845sLzs
http://es.youtube.com/watch?v=EVV0BRL010I
En fechas recientes se ha cumplido el centenario del nacimiento de Hergé, el mítico creador de Tintín, y puede que el máximo exponente de esa linea clara, limpia, tan cara de la escuela franco-belga del cómic.
Debo confesar que nunca he sido entusiasta del intrépido periodista; esa mixtura de caricatura y realismo nunca ha llegado a seducirme, aún reconociendo su peso en el mundo de la historieta, y en la cultura popular del pasado siglo. Pero si algo me interesa de Hergé es que a su sombra surgió una autentica pléyade de creadores, y entre ellos, siendo además coetáneo,se encuentra Edgar P. Jacobs, que tras su trabajo como rotulador, no tarda en dar forma a sus propias historietas.
A diferencia de su maestro, Jacobs se inclina enseguida por un perfil más realista, sin abandonar el canon de la linea clara, ese acentuado detallismo, esos bocadillos hiperinflados de texto, y ese tratamiento tan característico del color.Y sobre todo hay el sabor de la aventura, de la aventura clásica por excelencia, que Edgar P. encuentra y da forma gracias a sus dos grandes creaciones, el capitán Francis Blake, jefe del M.I.5. (servicio de contraespionaje británico) y el profesor Phillip Mortimer, brillante físico escocés.
Con estos dos personajes, una especie de Holmes y Watson, pero sin diferencia intelectual entre ambos, como ocurría en la saga de Conan Doyle, Jacobs creará una serie de once extraordinarios álbumes, desde El misterio de la gran Pirámide, a Las tres formulas del profesor Sato, y donde la médula de la serie es esa épica, que tendría en cine su referencia más paralela en los filmes de Raoul Walsh o Howard Hawks, en los que prevalecía siempre la amistad, la profesionalidad y la lealtad sin ambages ni solemnidades.
Ambientados en los años 50, en plena guerra fría, podemos encontrar también ecos de cierta literatura pulp, e incluso no podría faltar la némesis de nuestros héroes, encarnada en la maligna figura del Coronel Olrik, un malvado no sabemos si más pintoresco que peligroso.
Tras la desaparición de Jacobs en 1987 tuvo lugar un hecho extraordinario: en lugar de concluir, la serie continuó con una fuerza renovada, gracias al concurso de los dibujantes y guionistas europeos más prestigiosos como Yves Sente, André Juillard, Jean Van Hamme y Ted Benoit, lo que supuso hitos como El caso Francis Blake o La maquinación Voronov, que aunque pueda parecer una herejía, resultan incluso más atractivos que los legendarios de su creador.
De enorme éxito en Francia y Bélgica, con ventas en estos países que superan los cientos de miles de ejemplares, y de gran reconocimiento por parte de la crítica, (El caso Francis Blake, fue portada del suplemento cultural de Le Figaro) en nuestro país nunca han pasado de moverse en ámbitos minoritarios, lo cual no debe sorprendernos en demasía, y es que Blake y Mortimer son políticamente muy incorrectos, presentando imperdonables aristas: Elegantes fumadores de pipa, amantes del buen brandy, defensores irredentos de los valores y libertad de Occidente, y aficionados a brindar en ocasiones con un "God save the Queen", perlas varias de una intolerable y subversiva provocación...
Hace unas semanas, un buen amigo tuvo a bien regalarme un estupendo libro con motivo de mi cumpleaños; el título no podía ser más atractivo "1000 Futbolistas", y lógicamente, hacía repaso apasionado de los grandes cracks mundiales que han jalonado la historia del balompié.
Creo que a los aficionados al fútbol, al igual que buena parte de los cinéfilos hacen con sus películas favoritas, nos encanta comparar clubes, equipos, jugadores, escuelas, en un divertimento retórico; ¿Hubiera sido capaz de ganar la Argentina de Maradona a la Inglaterra de Bobby Charlton? ¿Y el Brasil de Pelé, le hubiera metido cuatro goles en una final a la Italia de Rossi? ¿Sería más atractivo para el espectador el Real Madrid de 1960, o el Ajax de 1972?
Ejercicios sin duda de fútbol-ficción, pero hoy en día casi cualquier aficionado puede tener acceso visual a grandes encuentros del pasado; canales temáticos, Youtube y otras hazañas tecnológicas hacen que podamos recrearnos a voluntad con esos incunables...
Pero existe un territorio ignoto, arcano, a salvo de la informática y televisión que no es otro que el fútbol de los años treinta, que alumbra los primeros mundiales, y del que sólo podemos hacernos una idea a través de las crónicas, y el legado de la tradición oral; las pocas imágenes de las que disponemos son poco más que secuencias de jugadas aisladas y no pueden servir de referencia de nada. Apenas ecos de una época en la que era posible cargar al portero en el área chica, el mismísimo balón podía lesionar si no se remataba bien de cabeza, y los campos, que no tenían el drenaje de hoy, eran demasiadas veces impracticables.
Años en los que las selecciones europeas tuvieron una presencia mínima en el mundial de Uruguay 1930, por aquello del pesado viaje en barco, lo que facilitó el triunfo de la excepcional selección charrúa, sin tener que medirse a España o Checoslovaquia.
Tiempos en los que el equipo austriaco jugaba de forma tan increíble que todo el mundo le llamaba el Wunderteam; los ingleses se sentían tan superiores que no acudían a ninguna competición oficial, y eso sí, los italianos eran tan competitivos como siempre han sido.
Pero también días en los que la selección española destrozaba a Brasil en 29 minutos, para luego caer en un partido de desempate ante Italia, con Mussolini en el palco, en uno de los mayores escándalos arbitrales que se recuerdan...
Y sobre todo, en una época en la que no había televisión, la radio era todavía incipiente, y el auge del No-Do no sería hasta los años 40, gran parte de los aficionados vivían un fútbol de carácter casi mítico, un fútbol imaginado más que visto, que entronca en nuestros arquetipos de héroes de cantares de gesta, que realmente es lo que eran los Zamora, Lángara, Samitier, Meazza, Sindelar, Planicka, Stábile, Scarone...
Por eso al terminar de leer los "1000 Futbolistas" caí en la cuenta que el mejor fútbol de la historia no podía ser el de Cruyff, Maradona, Di Stéfano o Pelé; el mejor fútbol de todos los tiempos fue el de ese periodo de entreguerras ¿quién puede dudarlo? ese fútbol no visto, pero si sentido, porque al igual que en los avatares del viejo oeste,"Cuando la leyenda interesa más que la verdad, siempre se impone la leyenda".
Y seguro, seguro, que no ha habido un fútbol más verdadero que ése construido en la leyenda...