lunes, 18 de diciembre de 2006

Historias del Coliseo (I)

Lo sé, es muy recurrente escribir del cine de nuestra infancia; siempre se tiene la presunción de tener las mejores anécdotas, las historias más divertidas...la verdad es que a veces se peca de cierto chovinismo hacia nuestra verdadera patria...
Aún así no puedo evitarlo, tengo la certeza moral que pocos enclaves habrán sido más pintorescos, que el glorioso Coliseo Viñas de los años setenta, referente cinematográfico de toda una época...

A finales de los sesenta convivían en Motril nada menos que tres salas de cine, el Teatro Calderón, el Motril Cinema y el citado Coliseo, en una inusitada edad de oro de estrenos, reestrenos, series B, españoladas y éxitos de Hollywood...Aquello era demasiado bonito para el llamado entonces, kilómetro cero de la Costa del Sol, y por arte de magia el cine de la calle Nueva se quedó como única luminaria del séptimo arte...
No era demasiado traumático, el Viñas era muy apañado de aforo, tenía anfiteatro, y absorbía sin ningún problema a todos los lugareños interesados...

Ya he comentado que se trataba de un cine con peculiaridades, y haberlas, hailas. Las películas se proyectaban en sesión continua, los grandes estrenos tardaban en llegar un mínimo de seis meses, y se proyectaban durante todo el fin de semana, mientras que de lunes a jueves la oferta se completaba con series B y, ahí estaba lo mejor, reestrenos de grandes películas, algo impensable hoy en día... Se podía ver un día cualquiera a los Hermanos Marx, El Gordo y el Flaco, Moby Dick, La Conquista del Oeste...en pantalla grande, muy grande...con un telón que se corría ante aplausos entusiastas, y cuando retrasaba su apertura, (que a veces sucedía) se producían sonoras y airadas protestas...

En el Coliseo no existía el concepto de hacer cola. Me refiero que para adquirir su entrada los espectadores no se ponían, ordenadamente a esperar su turno, como es lo normal en cualquier lugar medianamente civilizado, sino que se producía un comportamiento mucho más atávico;la clave era acercarse a la taquilla, protegida tras una reja (eso es muy granadino), y aferrarse a ella como si fuera un clavo ardiendo, algo que normalmente no era demasiado problemático, pero cuando la peli en cuestión era un éxito...aquello se convertía en la ley de la selva, lo más parecido a la horda primitiva, una masa enardecida intentando llegar a esa reja como fuera, y una vez conseguido, no soltarse por nada del mundo, y pedir las entradas para "arriba o abajo"...Cuando llegó La Guerra de las Galaxias, ocho meses después de su estreno oficial, aquello ya degeneró en un problema de orden público, teniendo que movilizarse la policía municipal para organizar una cola como es debido... Pero eso fue el segundo día del pase, porque el viernes que fui con mis hermanas a verla, ni policía ni nada, aquello fue una melé en toda regla, en la que posiblemente debido a mi complexión delgada, pude conseguir con éxito las entradas.Menos suerte tuvo mi amigo Joaquín, al que recuerdo hundiéndose en un marasmo de difícil salida...
Eso sí, gracias a la sesión continua, se podía ver la película un par de veces, lo que compensaba el ocasional esfuerzo sobrehumano de acceder a la sala, y en caso de llegar tarde, pues nada, se veía el principio del film en la siguiente sesión, y sin problemas...(en ocasiones muchos parroquianos recurrían a ese sistema para dormir la siesta en verano, debido a la excelente refrigeración que poseía, en una época en que lo más moderno a nivel doméstico podía ser un ventilador, saliendo tres o cuatro horas después, descansado y fresco como el corcho...)

Junto a la taquilla, a unos metros del campo de batalla, se ubicaba un peculiar personaje con una cesta de tijera, que vendía toda clases de golosinas, los clásicos cacahuetes, peladillas, pictolines, pipas, etc. Lo curioso del sujeto era que NUNCA daba la vuelta en metálico, sino que establecía un curioso sistema de comercio justo, trueque, o llamase como se quiera, el caso es que si uno compraba por valor de siete pesetas, y tenía la desgracia de entregar en pago dos duros...pues te daban las tres pesetas restantes en pictolines, chicles "Bazoka", o lo que fuera. A mí me parecía los más natural del mundo, pero mi amigo Joaquín, (que logró sobrevivir a los gravísimos incidentes del estreno de Star Wars) se escandalizaba, cada vez que le daban la vuelta de forma tan pintoresca... "¡Esto no ocurre en ningún cine de Granada y Madrid!" repetía indignado, mientras yo no terminaba de entender la razón de tanto enfado...

3 comentarios:

carmencarmona50 dijo...

Efectivamente recuerdo esos tiempos del cine Coliseo donde se producían tumultos para ir al cine, lo cual resulta especialmente agridulce si tenemos en cuenta que en la actualidad, la población de Motril no cuenta con ninguna sala de cine.
Confieso que yo he sufrido la reja, en mis propias carnes, pero lo cierto es que al menos esa turba de personas incontroladas, luchaban por un noble ideal... ver cine, si bien es cierto que tampoco ese ideal debe costarle a nadie la muerte por aplastamiento, es curioso como ahora los únicos auténticos tumultos se producen en nuestra ciudad a la salida del Alcampo los sábados primeros del mes. Es lamentable pero en fin como decían los latinos "tempus mutantur" que quiere decir: "no hay mejores anécdotas que las del cine Coliseo, sobre todo si las cuenta el Tirador Solitario".

Clementine dijo...

Me encanta leer estas historias llenas de recuerdos, con los que de alguna manera me identifico totalmente. Qué buenos tiempos esos en los que reponían películas antiguas en el cine y qué buena era la sesión continua, que nos permitió a mi hermana y a mi ver "Dos hombres y un destino" entera y repetirla hasta la mitad, hora en la que teníamos que volver ya a casa.
Buena entrada, Tirador. Y una pregunta: ¿qué son los pictolines?

El Tirador Solitario dijo...

Todos lo días paso un par de veces por el Coliseo, y siempre vuelven esos recuerdos, el cine está cerrado desde hace 17 años, pero sigue igual por fuera, las puertas de acceso, la taquilla, esa reja...ja,ja cuando a veces voy en compañía de mi sobrino, (que tiene 5 años) le explico que ahí había un cine, y que su tío vivió allí historias increíbles y pudo ver unas películas fabulosas...
Cuando íbamos de vacaciones al pueblo de mi madre, a Tudela, y alguna tarde salíamos a alguno de los cines de la capital de la Ribera del Ebro, (el Gaztambide, o el Cervantes) mi madre siempre nos advertía que teníamos que ser puntuales, que no era como el Coliseo, que si llegábamos tarde no se podía entrar, que allí se ponían las películas "por sesiones" no como en Motril. A mí me resultaba algo absurdo e inverosímil, algo totalmente incomprensible...
¡Ah, los pictolines! Tenía que haberlo puesto en cursiva, los pictolines son unos deliciosos caramelos, que siguen existiendo, es el caramelo "pictolín", y normalmente eran de menta o eucalipto.

Me ha dado mucha alegría verte en el Coliseo. Un abrazo, amiga mía.

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